Benevolencia 2

Justo Temblor,

¿Qué necesitaba él? Para empezar, dormir. En la habitación de la pensión daba vueltas en la cama, empapado por el calor de aquella noche tropical, los pensamientos agitados, la obsesión abriéndose paso en él. Nada nuevo. Cuando finalmente cae en un ligero sopor sueña con coches y macetas.

Sueña que es el mecánico de James Dean, al que acompañaba en su “Little Bastard” el día del accidente. En el asiento del copiloto siente vergüenza, pero confia en que Dean no se haya percatado de que viste de mujer. De fulana, más bien. Avergonzado y confiado intenta comportarse con normalidad. No sabe muy bien por qué va travestido.Tampoco le preocupa demasiado. Le preocupa Dean. ¿Qué pensaría? Y Dean no le quita ojo y, claro, no ve la gran maceta de barro, del tamaño de Utah, contra la que, a pesar de intentarlo, inevitablemente se estrella. Nada de Fords. El impacto hace que salga disparado por el parabrisas perdiendo, como es habitual en los accidentes, un zapato. Inmóvil en el suelo, en una postura inverosímil, lamenta no haberse puesto bragas. Todo mal, maldito subconsciente.

Se despierta confundido y enseguida, al recordar el sueño, sonríe. Se levanta, se viste y abandona la habitación. En el descansillo se ha fijado en la maceta cubierta de eflorescencias de sal y ha vuelto a sonreir. “Veuilleznepassortir”, le ruega la recepcionista de la pensión, añadiendo en español: “se acerca un tifón”. “Youwillonlyattainsalvationthroughlove”, quiere responder él, pero solo sonríe de nuevo.

Afuera no llueve, hace viento. El viento le gustaba en las películas, en la vida no tanto. No había muchos bares por aquella zona, pero había uno que nunca le defraudaba. Entra, pide y se acoda donde suele hacerlo. Desde allí tiene unas excelentes vistas del local y su parroquia, y del exterior, gracias al gran ventanal que proporciona una bonita perspectiva. Enfrente, una calle estrecha que se abre a la plaza, en una de cuyas esquinas está emplazado el bar, permite ver al fondo un pedazo del paseo normalmente muy transitado. En otro extremo de la plaza desemboca una callejuela que vomita gente del más diverso pelaje y condición, protagonistas y secundarios de relatos, novelones y películas de todos los géneros. O eso le parece a él. Entonces lo ve, en el trocito del paseo que se puede ver desde allí, como un escenario. Parado, mira como atónito a la mujer que le interpela con aparente fiereza. Ella es todo agitación y él parece un pasmarote. Repentinamente, la mujer se queda parada también, propinándole un inesperado bofetón que lo tira al suelo. Luego se larga sin más.

No va a poder cargarse a ese pobre tipo.

Severino Ochoas

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