De Penúltima

En casa, la mujer estaba de pie ante el espejo y se miró largo rato a los ojos; no para observarse sino como si esto fuera una posibilidad de reflexionar sobre sí misma con calma. Empezó a hablar en voz alta: “Pensad lo que queráis. Cuanto más creáis poder decir sobre mí, tanto más libre de vosotros voy a estar. De vez en cuando me parece como si lo que uno sabe de nuevo sobre la gente, en el mismo momento deja de ser válido. Si en el futuro alguien me explica cómo soy -aun en el caso de que quiera halagarme o darme fuerzas-, no voy a consentir tal insolencia”. Estiró los brazos: apareció un agujero en el jersey, bajó una axila; metió un dedo. 

(Peter Handke, Die linkshädige Frau. Traducción de Eustaquio Barjau)

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