“Apriesa cantan los gallos, y quieren quebrar albores”. Reviú de “Poema de Mio Cid” en “Cómicos de la lengua”

Los poemas épicos nos dan noticia

de los grandes de este mundo:

suben como astros, 

como astros caen.

Resulta consolador, y conviene saberlo.

Pero para nosotros, los que tenemos que alimentarlos, 

Suben y bajan, pero, a costa de quién?

Bertolt Brecht, “Canción de la rueda hidráulica”. 1932

La Real Academia de la Lengua de España decidió la semana pasada rescatar “en exclusiva para internet” un ciclo de 14 videos con lecturas dramatizadas de clásicos de la literatura española y universal, “para hacer más llevadero, en la medida de lo posible, el confinamiento”.

Es de agradecer esta iniciativa de la RAE, que de forma generosa, pone en boca de cómicos y actores estas piruletas salomónicas del Canon de la literatura española. Ahí están, para todos los que recibimos nuestras clases de literatura en el colegio, en el instituto, y hasta en el grado o la carrera, todos esos nombres familiares de las lecturas que cambiaron, de una u otra forma, la comprensión del arte de la escritura en lengua española. Títulos como “La Celestina”, “El Cantar de Mío Cid” o “El Libro de Buen Amor” que, en mi experiencia, comenzaban por desplegar en el libro de texto su firme hechizo de seducción, hasta que tocaba enfrentarse a la realidad indigesta de infinitas series de plomizos versos, que a duras penas era capaz de comprender, pero que sin embargo me veía obligado a comentar, repitiendo los manidos argumentos que una incierta cadena de estudiosos y comentaristas, muchos de ellos dotados de una gran pasión por la política, habían puesto en manos de nuestro querido profesor. 

Al respecto, no hace mucho tuve la suerte de encontrar el espacio de tranquilidad necesario para la leer “La Celestina”, de Fernando de Rojas, y junto al asombro que me provocaba el caudal creativo, lingüístico y anecdotario que exhibe el superdotado de su autor, la admiración por ese caudal de genio incontinente, no podía dejar de preguntarme, al mismo tiempo, cómo era posible que unos niños y adolescentes de nuestra edad, con apenas experiencia del mundo y el amor, y mucho menos de la lírica castellana medieval, pudiesen disfrutar (y en consecuencia aprender algo) con ese libro. Flaco favor le estaban haciendo los programas de estudios españoles, pienso yo, a nuestro hábito de lectura, imponiendo esos mastodontes del Canon, que teníamos que degustar por obligación. Me dije entonces, “esto es, más o menos, como si alguien llamase a mi puerta con una copia del Talmud hebreo y pretendiese que le hiciese un resumen de la Cábala para mañana”.

Muchos compañeros comenzaron a decir por aquel entonces, que no les gustaba leer. Y con el tiempo, a base de decirlo, terminaron por creérselo. Es el peligro de los erróneos adoctrinamientos. Es un peligro cierto. Nada de inocente tiene la escuela.

Que la academia sigue poniendo en un pedestal  la figura del profesor de literatura para facilitar la digestión de la materia es algo que demuestra la propia estructura de los videos de esta serie, producida en 2014 y presentada en diversos teatros de Madrid o, como el que aquí nos ocupa, el Cantar de gesta de Mio Cid, en el propio salón de actos de la Academia. Digo que confía en la figura del profesor porque, junto al rapsoda que iba a hacer la lectura dramatizada del texto, el cómico y académico José Luis Gómez, se encargaba de presentar el Cantar en su contexto histórico, así como de ofrecer un somero análisis de su estilística, la académica con sillón P mayúscula, y responsable del interesantísimo Corpus Oral y Sonoro del Español Rural, Inés Fernández-Ordoñez. En ese sentido, parecen decirnos con la elección, algo hemos ganado respecto a la Edad Media, en la que no había escuelas, intérpretes ni profesores, solo juglares. Gente que hacía de su oficio el declamar, cantar, recitar, bailar, memorizar series infinitas de versos, dar cabriolas,  hacer molinetes, reír sin razones, salvo las que demandase el libreto, y lo mismo podemos decir del llorar…

Por cierto, y hablando de llorar sin razones, y para apuntar de nuevo a la impredecibilidad de toda circunstancia, tengo que, al menos mencionar, siquiera de pasada, al COVID-19, claro que sí pues, cómo de otro modo hubiésemos tenido la oportunidad de pasar por un confinamiento de estas características, un confinamiento que a la RAE le hubiese parececido motivo suficiente para liberar estos videos, que tenía guardados en el cajón de las promesas de edificación, desde el año de nuestro señor, de 2014? 

Es que acumula la RAE  material didáctico fundamental, en sus búnkers en Madrid, a la espera del acontecer, de un apocalipsis liberador? O es que van a sorprendernos la próxima vez, digo (y que el Destino no lo quiera), invitándonos a tomar el vermú con Max Estrella, al pie de las ruinas calcinadas de nuestras sociedades en proceso de deconstrucción?  Sería una buena oportunidad, y perdonadme la broma ojinegra, para pensar en una coproducción internacional, de título “Mad Max Estrella”?

Pero escuchemos a la maestra Fernández, que abre la sesión de hoy en la Academia, con el siguiente comentario sobre la obra, que nuestros oidos se disponen a recibir. Comienza a decir Inés Fernández, con el soniquete que a todos tanto nos suena, pues suena a tabla de multiplicar, el  soniquete que domina su elocución y que delata a las claras su vocación por la docencia:

“El cantar de Mío Cid trata de la gesta o hazañas de Mío Cid Díaz de Vivar, el Campeador, el nombre ya nos dice mucho sobre el personaje o la materia del poema, Rodrigo Díaz de Vivar, existió en la realidad”.

Oh, de modo que esto es una especie de biografía novelada o biopic… Pues “Existió en la realidad” el Cid.

“Personaje noble pertenceciente a la corte del Rey Alfonso VI y natural de Vivar, en Burgos, intervino a las órdenes del monarca en la frontera con los reinos de Taifas, hasta que, por no motivos no bien aclarados, cayó en desgracia y fue desterrado, dos veces”

“Por motivos no bien aclarados” dice. Esta frase, por alguna razón, continuó un buen rato repiqueteando sobre mi conciencia. Creo que a ello contribuyó la mencionada entonación ensoñadora de la Académica, entonación que me sugería, más que una biografía, la expectación de la fábula o el cuento de hadas, o el chascarrillo emocional. “Por motivos no bien aclarados cayó en desgracia”, me repetía.

“El segundo destierro debió de provocar la ira regia, pues en aquella ocasión le fueron incautados todos sus bienes, y nunca retornó a Castilla. Actuando como caudillo independiente en Levante, sin atender a los intereses de su antiguo señor, llegó a conquistar Valencia. Desde entonces, el caudillo castellano recibió el tratamiento árabe de Sidi, “señor”, origen del apelativo “mio Cid”, “mi señor”.

Vaya, así que este era el Cid? Un mal mandado? O un revolucionario? Las dudas se seguían multiplicando. Y con ellas las preguntas y la necesidad de las respuestas. Buena maestra, esta Inés Fernández, pensé, “en lo que no dice, o en lo que se calla, está todo el estímulo para el alumnado, que siente que no está recibiendo las respuestas a las preguntas que se les plantean”.

Sigue Inés Fernández: “el sobrenombre Campeador significa: aquel que batalla a campo abierto, que triunfa en batallas campales. El cantar se inspira en la última parte de la vida del Cid, y en las circunstancias y conquistas del segundo destierro, si bien, como construcción literaria, no corresponde con fidelidad, con lo que sabemos por la documentación histórica”. 

Me ha dado por encontrar  en el rostro de Inés, al decir esto último, cierta verguenza o pudor. Es comprensible esto pues, qué peor cosa puede decirse de un trabajo literario desde el Canon, salvo mencionar su falta de rigor histórico? Como ejemplo, uno de los protagonistas, como veremos,  de estas reflexiones, el dramaturgo francés Corneille, mantuvo una pesadísima discusión con la academia francesa por romper las reglas de unidad de tiempo, espacio y acción, y forzar la verosimilitud, precisamente con su obra “Le Cid” (1636) , obra de extraordinario éxito en su momento, que terminó por formar parte del Canon de la literatura francesa  y de la que también hablaremos más adelante. 

Sigue Inés: “El poema arranca “in media res”, en el momento en que Rodrigo recibe la orden de marchar a su destierro y dejar su casa solariega de Vivar”. 

“In media res”, esas palabrejas distantes, esa construcción del latinaire, oh, cuántas noches, me ha dado por pensar, aprendiendo esas combinaciones de palabras absurdas, que después vomitar, sin sentir nada en el acto,  salvo la necesidad de aprobación en el examen, en el aula, en la cocina de mamá, en el despacho de papá. Por qué no les servía “por la mitad”? Academia, me lo puedes explicar? Pero, espera, si empieza por la mitad, será que falta todo el comienzo? Entonces, no sabemos nada de la infancia y la juventud del Cid? De los pasos necesarios que lo llevaron a este momento de pérdida y desgracia, al destierro, a la exclusión de la sociedad? En un mundo, el medieval, en el que la soledad era un tabú, y claro síntoma de enfermedad mental?  “Circunstancias no aclaradas”. Se perdieron los folios en los siglos, o es que no era esa parte de la historia, del agrado de la oficialidad? Juglares y trovadores  quisieron decir la verdad, no había periodistas por aquel entonces, y asumieron ellos la función, sin embargo, y en el texto, las razones de la verdad se esconden, a menudo, como en el Talmud, en extravagantes combinaciones.

Es, en cualquier caso, un inicio emocionante. Me alegro de estar viendo esto. Gracias, Academia, otra vez. Estuvieron esos videos seis años en un cajón para esperarme a mí. Qué bien. Y sigo. Un hombre es desterrado de su tierra por un rey encolerizado. Un hombre confuso y humillado que tiene que explicarle a su esposa que se ve obligado a salir de casa con lo puesto, porque ha hecho, o dicho algo inadmisible en su reino. Algo que no sabe muy bien lo que es, pero lo sospecha. Un caballero ha caído en desgracia ante su rey. Un hombre del medievo ve peligrar los puntales sobre los que se asienta su mundo: sus principios, su honra, su posición social, su casa y su rey. Todo ello para servir a Dios. Cómo servirle entonces, ahora que ya no hay nada de todo eso? Personaje al borde mismo del precipicio, empujado a buscar un mecanismo de expiación. De otro modo, la muerte temprana es cierta. No hay nada más allá de la casa, salvo los lobos, los bandidos, y el musulmán. 

“El único manuscrito que nos ha llegado del texto comienza de forma abrupta, por pérdida de un folio, cuando el Cid torna la cabeza al partir, y llora al contemplar el abandono de sus posesiones. Desde el incio, queda claro que el destierro se debe a los mestureros, esto es, los calumniadores, que parecen haber acusado injustamente a Rodrigo ante el Rey”.

Lo que decíamos, los mestureros. Los calumniadores. Alguien ha vendido al Cid, a este hombre, pero diciendo y acusándole de qué?

“Causas no bien aclaradas”, responde de nuevo la Academia. 

“Se plantea así, el tema fundamental del Cantar, que es restaurar la honra perdida del Cid y devolverlo, a la posición pública que le correspondía, en la corte de Alfonso VI”.

Bueno profesora Inés, aquí es donde yo quiero decir que no estoy de acuerdo. El porqué ya lo iremos viendo, pero lo voy a adelantar de la siguiente manera: el tema fundamental del Cantar, tema que no está escrito, porque estas cosas no se escribieron, sino que se teorizaron al tiempo, con las teorías de la narración, son las relaciones entre el hecho objetivo y los mecanismos de creación que elaboran una ficción. O dicho de otro modo: el tema fundamental del Cantar, para un lector del siglo XXI, no ha de ser la honra de Rodrigo, por mucho que le queramos bien, sino la identidad ficticia, mítica, artificialmente construida e ideológicamente manipulada del Cid. Y junto a ella,las consecuencias de ese discurso, en nuestra sociedad. Lo de la honra, que cada vez es más resto arqueológico que otra cosa, eso ya viene después. 

“La vía por la que Rodrigo Díaz recupera en el Cantar el favor regio es el éxito en la guerra contra el musulmán” (pequeño respingo de Gómez a la izquierda. Los actores son tan transparentes), y sigue: “el triunfo en batallas campales, gracias a las que él y sus vasallos, obtienen numerosas riquezas, como dinero, joyas, vestidos, armas y caballos, el Cid obsequia al rey con ese preciado botín después de cada campaña, hasta que Alfonso VI, conmovido por la conquista de Valencia, y la magnificencia de los regalos, le concede el preciado perdón”.

Nada nuevo bajo el sol. Mucho me temo. Pero esto es de 2014. Quién sabe llo que entretanto haya pasado? El discurso de Inés Fernández-Ordóñez es el discurso de la Academia. A estas alturas de su introducción, la Académica ya nos ha dejado claro, que la honra del Cid se ganó a golpe de matar moros. Quizá sí. Pero no nos ha dicho en cambio algo bien conocido y publicitado por la modernidad, algo que ahora sabemos mejor y en lo que los historiadores están de acuerdo por consenso:  la habilidad pasmosa del Cid para cambiar el color de su pendón, y saquear y quemar entretanto las casas y tierras, tanto de moros como de cristianos, más sus sucesivos desprecios a la autoridad real, ya fuese la del rey de Castilla, Alfonso VI o la Ramiro I de Aragón, que también tenía un aliado musulmán, Al-Hayib de Denia, y las buenas amistades del Cid con musulmanes  “invasores”, como el rey Al-Muqtadir, y su hijo Mutamin de Zaragoza, a los que no les cortó la cabeza, sino que, al parecer, se querían bien. 

Es esta por tanto, la de la profesora Fernández,  I’m sorry to say, la versión del discurso oficial, hija de la edición del Cantar, del sabio Menéndez Pidal (1929), un docto nacionalista, con muchas ganas de escribir su propio guerrero del antifaz: un héroe nacional encarnación de los valores del espíritu que supuestamente animaba a esa Castilla, la patria del hogar de los mejores valores de nuestra cristiandad: los valores de  la intolerancia religiosa  en el marco de un estado totalitario sustentado en el poder de la guerra. Acababa de originarse lo que algunos llamarían “la reconquista”, que coincidió con la idea de las Cruzadas y  el debilitamiento de la España musulmana tras la desintegración del Califato en reinos de Taifas (hechos también fáciles de guglear, siempre con el respeto y el recato que exige el acercamiento a las fuentes).

“La rehabilitación pública del honor del Cid, obtenida gracias a su esfuerzo y capacidad guerrera, podría haber sido suficiente como resolución del poema, sin embargo, en el Cantar, existe otro hilo argumental, que concierne a la posición social, familiar, y personal de Rodrigo.  Díaz de Vivar es un miembro de la baja nobleza, un infanzón, que no posee grandes tierras ni vive de sus rentas, sino que debe batallar, en la encarnizada lucha de la frontera para poder ganarse el pan, no así los integrantes de la alta nobleza, los ricohombres, aquellos, que precisamente han provocado su destierro” (no nos olvidemos de ellos, parece decir Inés, y la respeto). “Cuando el Cid parte de Castilla, deja atrás a su familia, su mujer, Jimena, y sus dos hijas, doña Elvira y doña Sol, con las que solo puede reunirse tras conquistar Valencia y recuperar el honor regio” (Lo cierto es que las hijas del Cid no se llamaban así, sino que así las llaman en el Cantar, con este simple detalle vemos cómo, a partir de lo que el discurso oficial  nos dice, que “el Cid existió en la realidad”, se van añadiendo inexactitudes, como esta misma, que van conformando un retrato adulterado, en el marco más amplio de ampulosas mentiras históricas con la bandera y la religión, verdaderas matronas del nacimiento de la nación. Lo más inexacto que hasta ahora hemos oído, en cualquier caso, no son los detalles concretos, sino la manera de confundir ficción literaria con historia, que es precisamente lo que antes nos había dicho que teníamos que diferenciar. Sin embargo, es esto posible? Es que existe tal separación? Parecía que el modernismo como movimiento literario había terminado con este estigma. Pues no. Una cosa es la nomenclatura y otra cosa la comprensión. A mi modo de ver, este es el rasgo más interesante del tema fundamental del Cid, mencionado con anterioridad, las sibilinas formas que tiene un “discurso oficial” de apropiarse de ciertas falsedades, que después se presentan como ciertas en beneficio de una verdad “superior”, la del enaltecimiento de esa pasión, tan mediana y tan vulgar,  que es la del patriota, pasión vulgar, al menos en Europa, donde la idea de la patria no está relacionada, en su fundación, con la de liberación, como puede ocurrir en América, tanto del norte como del sur, donde la patria es sinónimo de liberación del poder opresor y de independencia. El nacionalismo europeo, en cambio, tiene al opresor en casa, como nos demuestra la Historia “feliz el pueblo cuya historia se lee con aburrimiento” (teleformación. Montesquieu).

“Es entonces cuando el rey recompensa a su caudillo, con un ventajoso matrimonio para sus hijas” (Vamos a dejar un limpio hueco en el cuaderno ahora, por no ser este tema de mi interés, el de los casamientos literarios de estas supuestas mozas con unos pretendientes humillados por su cobardía ante unos leones escapados, pretendientes que atacan a las hijas del Cid, y les dan una paliza, dejándolas muy maltrechas, en el “Robledo de Corpes” (y qué bien que dice Inés Fernández esas cuatro palabras, tan cargadas de sugestión “el Robledo de Corpes”).

“ Esta nueva deshonra, que a diferencia de la primera, carece de cualquier sustento histórico es el tema central de la última sección del poema, y conduce, a una nueva reparación” (a vueltas con la historia, pero quién documenta qué? y quién cita sus fuentes? Fue Pérez quien me lo dijo, o Fernández? Incluso el pasado puede modificarse, los historiadores no dejan de demostrarlo” (Jean Paul Sartre)

Sigue la Académica hablando, con su soniquete de tabla de multiplicar, y nos cuenta que ese matrimonio fallido con aquellos tunantes provoca uno nuevo, más glorioso, con los infantes de Navarra y Aragón, (ya se ve en el horizonte, la unidad de esta gran nación). La Académica mira al cielo y parece encomiendarse a los hados, a los ángeles y a los santos, verdaderamente, cuando dice, con una  gran emoción: “hasta el punto que el juglar, puede proclamar, hoy, los reyes de España, sos parientes son”, y Gómez carraspea en su micrófono abierto. Genial intervención. Y hay un silencio.

“El Cantar, anónimo, se compuso probablemente en el área en que se desarrolla la mayor parte de la acción, el oriente de Castilla que linda con Aragón” (la académica nos ha regalado aquí un pareado, todavía embebida de estas fuentes juglarescas, cristalinas. Amí me está ocurriendo también. “Es por ello que la lengua del Cantar combina aspectos de impronta navarroaragonesa y rasgos castellanos” (ahora está la Académica en su salsa). “El poema, se divide en tres cantares, tradicionalmente nombrados “Cantar del destierro”, “Cantar de las bodas”, y “Cantar de la Afrenta de Corpes”, partición que podría corresponder a tres sesiones independientes de la representación juglaresca”. 

El Cantar que aquí nos incumbe va a ser el del destierro. De aquí es de donde surge toda la duda, la búsqueda, la reflexión teórica y la especulación, y también la reescritura y la reacentuación, te lo adelanto, lector, que voy a hacer de este Cantar. Con humildad y ganas de diversión. Te invito a acompañarme en el viaje. 

“Poco sabemos con seguridad de la música con la que se acompañaba el juglar” (de hecho, tan poco sabemos, que en esta lectura ni se presenta al músico ni a la música que acompaña la lectura de Jose Luis Gómez. Protagonista importantísima del recitado. Ah! Músicos anónimos, yo os celebro y os pongo en el pedestal de las partituras no escritas, el único pedestal digno de vuestra más noble profesión. “Aunque se cree que el recitado, o el salmodiado” (bendigamos al señor) “se acompañaría, como hoy, en el rap” (sic), “de algún instrumento de cuerda” (Gómez carraspea de nuevo y ladea la cabeza,  que ahora mira al suelo como quien se apresta a cargar una ballesta, y no osa mirar a Fernández. El gesto muy serio, el de él).

“Algo que se desprende con total claridad del texto es que, como creación de un juglar, estaba destinado a la ejecución pública, no a la lectura privada”. Gómez mira ahora fijamente a Fernández. Su rostro muestra cierta estupefacción. Es normal, la Academia está ahora departiendo de su oficio primero, por más ahora sea académico también. Su rostro transparenta la  desazón. Me equivoco Jose Luis? Lo aceptaría si es así. Quién puede hablar, de forma somera y superficial, de lo apenas conocido? El que lo ha estudiado, observado y fotografiado? Hasta yo lo estoy haciendo. Y cómo puede el estudiador de marras, llegar a estas conclusiones sumarias, a partir de tantas generalidades, como que no se escribía para la lectura privada, bajo ninguna circunstancia? Es que no podía el actor poeta, como ya saben todos los que, para bien o para mal, escriben sus pensamientos, dedicar parte de su obra y actividad, no al entretener del vulgo sino a la confesión y la solaz personal?  No así, está claro, este Cantar. El rostro de Gómez es el poema. Fijaos bien. 

“Las interpelaciones al oyente como, “oiredes, dire vos, quiero vos decir, veriedes, ya veres, sabed, hace vos”, nos recuerdan a cada paso la existencia de esa audiencia expectante” Sagacidad del comentario textual, que desde las razones de la palabra es capaz de hacer inferencias en buena forma obvias para el lector. Personalmente, me quedo con Fellini y Bergman, no por nada, sino por consenso y ganancia personal, a la hora de retratar a estos héroes medievales, verdaderos paladines de la cultura, y motores de la evolución (se me está pegando el tonillo de la profesora acaso? Eso es que soy buen estudiador!).

“También, las abundantes exclamaciones para introducir las escenas, casi siempre precedidas por Dios, como la famosísima fórmula “Dios, qué buen vasallo, si hubiese buen señor”. En el Cantar de Mío Cid, la proporción de intervenciones en estilo directo es tan elevada que, en no pocas ocasiones tenemos la sensación de estar ante una obra de teatro”.

A esto es a lo que vamos a llegar. A una obra de teatro. Paciencia si es que hasta aquí has llegado, lector.

“Por desgracia, la lectura moderna del Cantar, silenciosa e individual, distorsiona la recepción para la que el texto fue creado. Por fortuna, gracias a la feliz iniciativa de los “Cómicos de la lengua”, Jose Luis Gómez va a devolverle hoy  su verdadera naturaleza, y nos hará apreciar, plenamente, el sentido con que se concibió”.

Aplausos en el anfiteatro de la Real Academia de la Lengua de España, Fernández recoge sus papeles y cede el sitio a Gómez. La función va a comenzar. La Academia me ha dejado con tantas dudas, que de su resolución depende el curso de esta investigación que ahora comienza. Quisiera decirle a la profesora, que me ha gustado su intervención, no tanto por lo que nos ha contado, que en el momento me ha hecho estremecer, quizá de pavor, sino por la chispa que en mi espíritu ha hacho prender, pero no puedo expresarme en la Internet y darle al “me gusta” como quisiera porque, maldición!, la Academia ha desactivado esa opción online! Ea! Ni “me gustas”, ni comentarios, sin aceptar los halagos, como los Grandes: Limpian, Fijan, y dan Esplendor!

Gracias, Academia, pero vamos a escuchar ya a José Luis Gómez, que ardemos en deseos de ver sublimar, con la rima serena y marcial, de una carreta tirada, por un par de machos de carga, y alguna mulilla enclenque. Pues así avanza el Cantar, que es a golpe de Cataclán.

Es buen actor de la escena, José Luis Gómez, académico también, el que creó la sugestión, y “ et mesurado” en su declamación, pues merece la pena el video, solo por verlo a él: y comunicó con voces ultraplanetarias de oficio, el de las voces y los juglares, saltimbanquis de la evolución, que traen el mensaje de vuelta, lo actualizan, y lo así lo trajo Gómez con su interpretación, seria y de libro, sin excusas, aunque cortasen renglones enteros, en beneficion del ritmo y el interés, y porque no tenían toda la noche, que los cómicos también tienen que cenar, y los de la Academia, más, porque puede ser la Academia también audaz, al reconocer el valor de la pausa en el discurso, o siendo una niña cazallera, si es que lo tiene que ser, ante una audiencia entregada, que parece que pedía más. Llegó entonces el turno de declamar, la toma de conciencia y de verdad, para nuestro Cid Campeador. 

Jose Luis Gómez recitaba, su melodía de rapsoda se debatía, buscaba el ángulo trágico como un púgil de la escena, no como un puto cómico de la lengua (a quién se le ocurrió este lamentable título, con perdón), con un ritmo casi africano, junto a la anónima instrumentación, declamaba el rapsoda  y exponía a las claras la penuria de la situación que es la confusión de  un hombre desesperado, expulsado por los de su tribu, desterrado “por circunstancias poco conocidas” hasta para él. Lo mismo pensaba yo, hasta que una carta en forma de sueño, un sueño revelador, decide el curso de su suerte y su posterior transformación. Es la noche en que recibe la visita del arcángel San Gabriel. 

 

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