MADE IN INDIA

Arundathi Roy

Y qué está pasando con mi pobre país, con mi pobre y rico país, la India, suspendido en el vacío, en algún lugar entre el feudalismo y el fundamentalismo religioso, las castas y el capitalismo, gobernado por nacionalistas hindúes de extrema derecha?

En diciembre, mientras China combatía la propagación del virus en Wuhan, el gobierno de la India se enfrentaba a un levantamiento popular  de miles de ciudadanos que protestaban contra la flagrante, por discriminatoria, “Ley de Ciudadanía”, que se acababa de aprobar en el parlamento.

El primer caso de Covid-19 en la India se registró el 30 de enero, solo días después de que nuestro honorable invitado, el fagocitador de la selva amazónica, negador de la existencia del virus, y jefe de estado brasileño, Jair Bolsonaro, finalizase su visita.

Pero en febrero ya había demasiadas cosas en la agenda como para poner el virus sobre la mesa. También estaba programada, para finales de mes, la visita del presidente de Norteamérica, Donad Trump, al que se había prometido una audiencia de un millón de personas en el estadio de Gujarat. Todo eso costó mucho dinero, y tiempo. 

Después llegaron las elecciones de la Asamblea de Delhi, que el partido Bharatiya Janata estaba destinado a perder, a no ser que subiesen las apuestas, lo que hicieron desencadenando una perniciosa campaña nacionalista hindú, cargada de amenazas de violencia física al grito de “traidores”.

De todas maneras perdieron, de modo que se aplicó un castigo inmediato a los musulmanes, a los que se culpaba de la humillación. Bandas armadas de asaltantes hindúes, apoyados por la policía, atacaron a los musulmanes que viven en los barrios de clase trabajadora del noroeste de Delhi. Casas, colegios, tiendas y mezquitas fueron quemados. Los musulmanes, que esperaban el ataque, contraatacaron. Más de cincuenta personas, la mayoría musulmanes, pero también algunos hindúes, fueron asesinadas. 

Miles de personas fueron desplazadas a campos de refugiados en los cementerios locales. Cuando el gobierno mantuvo su primera reunión sobre el COVID-19, todavía estaban sacando cadáveres de la apestosa red de desagües. Muchos indios escucharon hablar entonces, por primera vez en su vida, de algo llamado jabón desinfectante para las manos. 

Marzo fue igualmente, un mes muy movido. Las dos primeras semanas se emplearon en derrocar al gobierno central del estado de Madhya Pradesh, y en instalar un gobierno de Barathiya Janata en su lugar. El 11 de Marzo, la Organización Mundial de la Salud declaró que el COVID-19 era una pandemia. Dos días después, el 13, el ministro indio de Salud dijo que el coronavirus “no era una emergencia sanitaria”.

Finalmente, el 19 de marzo, el primer ministro indio se dirigía a la nación. No llevaba muy bien hechos los deberes. Se limitó a copiar del cuaderno de Francia e Italia. Nos habló de la importancia del distanciamiento social (de fácil comprensión en una sociedad tan inmersa en las castas), y estableció un toque de queda para el 22 de marzo. No explicó nada de lo que su gobierno pensaba hacer en la crisis, pero pidió a la gente que saliese a los balcones, que tocase campanas y que hiciese una cacerolada para reconocer la labor de los trabajadores de la salud. 

No mencionó en ningún momento que la India había estado exportando su material médico de protección, y su equipo respiratorio, en lugar de reservarlo para los trabajadores indios de la salud, y los hospitales. 

No fue una sorpresa que la petición de Narendra Modi fuese recibida con gran entusiasmo. Tal y como se esperaba, hubo caceroladas, bailes en grupo y procesiones. No demasiado distanciamiento social. En los días que siguieron, muchos hombres se zambulleron en pilas sagradas de excrementos de vaca, y los más fieles del Barathiya Janata hasta organizaron fiestas de degustación de orina de vaca. Para no ser menos y no quedarse atrás, muchas organizaciones de musulmanes declararon que el todopoderoso era la respuesta al virus e hicieron sus llamamientos masivos para congregar  fieles en las mezquitas.

El 24 de marzo, a las 8 de la tarde, Modi apareció en la televisión de nuevo para anunciar que, desde la medianoche, India entraba en estado de Emergencia. Los mercados iban a estar cerrados. Todo transporte, tanto público como privado sería prohibido.

También dijo que tomaba la decisión, no como primer ministro, sino como nuestro anciano maestro. Quién más podría decidir, sin consultar a los gobiernos estatales, (que son los que deben afrontar  las consecuencias de esta decisión), que una nación de 1380 millones de personas deben estar encerrados, con nula preparación para ello, y cuatro horas de anticipación? Sus métodos, verdaderamente, dan la impresión de que el primer ministro de la India piensa en sus ciudadanos como una fuerza hostil, que necesita ser emboscada, tomada por sorpresa, y nunca confiar en ella. 

Ya estábamos encerrados. Muchos profesionales de la salud y epidemiólogos han aplaudido el movimiento. Quizá tengan razón, en teoría, pero seguro que ninguno de ellos puede secundar la calamitosa falta de planificación y preparación que convirtió el encierro más severo del mundo en exactamente lo contrario de lo que se perseguía. 

El hombre que amaba los espectáculos había creado la madre de todos los espectáculos.

Mientras un mundo horrorizado observaba, la India se mostraba en su verguenza: su falta de equidad económica, estructural, su callosa indiferencia ante el sufrimiento.

El encierro funcionó como un experimento químico que repentinamente viene a iluminar las cosas. A medida que las tiendas y los restaurantes, las fábricas y las industrias de la construcción cerraban sus puertas, y que las clases medias y poderosas se encerraban a cal y canto en sus colonias, nuestros pueblos y ciudades comenzaron a expulsar a sus ciudadanos de clase trabajadora -sus trabajadores migrantes-, como “excedente innecesario”.

Muchos empujados por sus jefes y sus caseros, millones de  gentes empobrecidas, jóvenes y viejos, mujeres y niños, enfermos, ciegos, minusválidos, que no tenían a dónde ir, sin transporte público, comenzaron una larga marcha hacia sus pueblos. Caminaron durante días, hacia Badaun, Agra, Azamgarh, Aligarh, Lucknow, Gorakhpur, cientos de kilómetros. Algunos murieron por el camino.

Sabían que regresaban a sus hogares para evitar morir de hambre. Quizá sabían también que llevaban el virus con ellos, y que podían infectar a sus padres y a sus abuelos, pero necesitaban, desesperadamente, su jirón de familiaridad, cobijo y dignidad.

Amor y comida.

Conforme caminaban, algunos fueron apaleados brutalmente por la policía, a los que se ordenó que controlasen de forma estricta el cumplimiento del estado de excepción. Se pidió a los jóvenes que se acuclillasen y avanzasen por la autopista dando saltos de rana. En el pueblo de Bareilly, un grupo fue detenido y rociado de esprai químico con una manguera.

Días más tarde, preocupados de que la población flotante pudiese contagiar el virus en las ciudades, el gobierno cerró las fronteras entre los estados a estos caminantes. Gente que llevaba marchando durante días fue detenida y forzada a regresar a los campamentos de las ciudades que acababan de abandonar.

Entre la gente más mayor, esto evocó el desplazamiento de población de 1947, cuando la India fue dividida, y nació Pakistán. Con la única excepción de que este éxodo fue motivado por luchas de clase, y no de religión. Con todo, estas no eran las personas más pobres de la India. Son gentes que habían estado trabajando en las ciudades y tenían hogares a los que regresar. Los desempleados, los sin techo y los desesperados se quedaron donde estaban, en las ciudades y en el campo, donde una gran amargura ya se había instalado, mucho antes de que comenzase esta tragedia. Durante todos esos días horribles, el ministro de interior, Amit Shah, permaneció escondido de la opinión pública.

Cuando la caminata arrancó de Delhi, utilicé un pase de prensa de una revista en la que escribo frecuentemente, para poder llegar a Ghazipur, en la frontera entre Delhi y Uttar Pradesh.

La escena era bíblica. o quizá no. La Biblia no conocía números de esta magnitud. La orden de encierro basada en el distanciamiento físico había conseguido todo lo contrario: compresión física a escala inimaginable. Esto ha sido cierto, tanto para pueblos como para las ciudades. Las carreteras principales pueden estar vacías, pero a los pobres se los encierra en vertederos, y en cuadras abarrotadas de barrios de chabolas.

Cada uno de los caminantes con los que charlaba me mostraba su preocupación por el virus, pero en sus vidas era algo, al mismo tiempo, menos real, menos presente que el desempleo, la hambruna y la violencia policial. De toda la gente con la que hablé ese día, incluyendo a un grupo de sastres musulmanes que habían sobrevivido a los ataques unas semanas atrás, las palabras de un hombre me preocuparon especialmente. Se trataba de un carpintero llamado Ramjeet, que planeaba hacer todo el camino hasta Gorakhpur.

“Quizá cuando Modji decidió hacer esto, nadie le habló de nosotros”, dijo, “Quizá no sabe nada de nosotros”.

“Nosotros” significa alrededor de 460 millones de personas.

Los gobiernos de los estados de la India (como los de los Estados Unidos), han mostrado más corazón y comprensión en esta crisis. Sindicatos, ciudadanos particulares y otros colectivos, distribuyen comida y raciones de emergencia. El gobierno central ha reaccionado con lentitud a sus llamamientos desesperados de ayuda. Parece que el Fondo de Ayuda Nacional del primer ministro no tiene fondos disponibles. En lugar de eso, el dinero de ciertos buenos samaritanos sigue fluyendo hacia un nuevo y misterioso fondo: “PM-CARES”. Ya se han visto comidas preparadas y empaquetadas con el rostro del Modi. 

Para sumar a todo esto, el primer ministro ha comenzado a compartir  sus videos de Yoga Nidra, en los que un Modi animado con un cuerpo de ensueño enseña a la población cómo hacer las asanas de yoga para combatir el estrés del aislamiento. 

Este nivel de narcisismo es verdaderamente preocupante. Quizá una de las asanas pueda ser una asana de petición, en la que Modi le pida al gobierno francés que nos desvinculemos del  muy problemático jet de combate Rafale, y que usemos los 7.8 millones de euros en medidas de ayuda y emergencia destinadas a unos cuantos millones de personas. Seguro que los franceses lo comprenden.

Mientras el encierro entra en su segunda semana, las cadenas de abastecimiento están funcionando a baja intensidad. Miles de conductores de camiones están todavía varados en las autopistas, con poca agua y comida. Los cultivos no han sido cosechados, y se pudren en los campos. 

La crisis económica ya está aquí, la política sigue. Los medios de  masas ya han incorporado la historia del COVID-19 en su campaña antimusulmana a tiempo completo. Una organización de nombre Tablighi Jamaat, que mantuvo un encuentro en Delhi antes de que se anunciase el encierro, ha resultado ser un “superespréder”. Y está siendo utilizada para demonizar a los musulmanes. El tono general es el de que los musulmanes han inventado el virus, y que lo están diseminando como forma de yihad. 

La crisis de COVID-19 está por llegar. O no. No lo sabemos. Cuando llegue podemos estar seguros de que será afrontada con todos los prejuicios dominantes de religión, casta y clase, todavía en su lugar.  

Hoy, 2 de abril, hay casi 2000 casos confirmados y cincuenta y ocho muertes. Las cifras son, probablemente, poco dignas de confianza, pues están basadas en insuficientes tests. La opinión de los expertos es muy dispar. Algunos predicen millones de casos. Otros piensan que el total será de muchos menos. Puede que nunca sepamos las verdaderas dimensiones de la crisis, incluso si nos golpea. Todo lo que sabemos es que el tránsito en los hospitales todavía no ha comenzado. 

Las clínicas y hospitales públicos de la India, que no son capaces de afrontar los cerca de un millón de niños que mueren de diarrea, desnutrición, y otros problemas de salud, o los cientos de miles de pacientes de tuberculosis (un cuarto del total de los afectados en el mundo), con una amplia parte de la población desnutrida, y expuesta de forma vulnerable a cualquiera de las múltiples enfermedades menores que pueden ser fatales para ellos, no van a ser capaces de enfrentar una crisis como la que Europa y los Estados Unidos están enfrentando en este momento.

Todo tratamiento médico ha quedado más o menos en lista de espera, al quedar los hospitales monopolizados para el tratamiento del virus. El centro de traumatología del legendario All India Institute of Medical Sciences en Delhi está cerrado, los cientos de pacientes con cáncer conocidos como “los refugiados del cáncer”, que viven en las carreteras que bordean este hospital, han sido desplazados como ganado. 

La gente enfermará y morirá en sus casas. Puede que nunca sepamos de sus historias. Puede que no lleguen a formar parte ni siquiera de las estadísticas. Solo podemos esperar que los estudios que indican que al virus le gusta el frío estén en lo cierto (aunque hay investigadores que lo dudan). Nunca un pueblo ha deseado, tan irracionalmente y con tanta vehemencia, la llegada del verano indio, abrasador como un castigo. 

©Arundathi Roy “The Pandemy is a Portal”

Traducción de Memo.

Lee el artículo completo aquí.

Para comprender mejor.

Y

Bicarbonato.

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