Bernhardt junto a Duse

Por Rouben Mamoulian

Mi Corazón dio un salto de alegría una mañana de octubre de 1922, en Londres, en la que me encontraba leyendo el periódico y descubrí  que Sarah Bernhardt y Eleonora Duse iban a actuar, por separado y en poco menos de un mes, en el Pavilion.

¡Qué alegría, qué maravillosa alegría! Uno de los sueños de mi vida iba a hacerse realidad. ¡Ver en vivo a aquellas dos fabulosas artistas, disfrutar de su arte en tan estrecho margen de tiempo, qué lujo! Tenía que hacerme con las entradas en ese mismo momento. Lo que significaba un problema, porque aquello suponía para mí un esfuerzo económico importante. Duse anunciaba tres obras, Bernhardt una. Eso significaba, para mí solamente, cuatro entradas, una cantidad de dinero considerable, incluso sentándome en el primer palco. Cualquier otra entrada más barata me parecía impensable. De modo que tomé un lápiz, y dediqué la siguiente media hora a realizar complicadas operaciones de cálculo, al término de las cuales la cruda realidad del asunto quedaba sobre la mesa: disfrutar de Bernhard y Duse iba a costarme cuatro almuerzos, tres desayunos, dos entradas para el cine, un cuarto de libra de tabaco y dos cortes y medio de pelo. Lo tomas o lo dejas. Y lo tomé, por supuesto.

Bernhardt venía primero con Daniel, de Louis Verneuil. Aunque llegué pronto al teatro, ya había bastante gente. Unos minutos más y la sala estaba al completo. La leyenda de Sarah Benhardt parecía vibrar y resplandecer en el ambiente. Proporcionaba al lugar una pulsación acelerada y expectante. La araña de cristal, las luces, el tapizado naranja y dorado de las butacas, todo parecía más brillante, más festivo de lo habitual. Y también más ruidoso. Todo el mundo hablaba, hasta los extraños conversaban. ¡Una colmena en estado de agitación, a la espera de su abeja reina! Resulta curioso el modo en el que la gente parece “barruntar” las cosas. El gran éxito de un obra comienza, verdaderamente, mucho antes de que se levante el telón. Y lo que es más increíble, la naturaleza de esa expectación nunca es dos veces la misma, sino que toma prestados su acento y colorido de las características propias de la obra que va a ser representada.

La expectación aquella noche en el Pavilion era brillante pero tangible, como los cristales de la enorme araña que preside el techo del teatro. El ambiente era animado, mundano y grandilocuente, como la carrera de la artista. No se percibía rastro alguno de tragedia, a pesar de que todos los presentes sabíamos que a la gran artista le había sido amputada una pierna, que su edad era avanzada, y que cubría las arrugas de su rostro con una resplandeciente máscara de porcelana.

De repente, sobre la algarabía y el ruido de la sala, el golpe del mazo sobre las tablas del escenario. Una extraña y  diría que algo prosaica manera que los franceses tienen para anunciar el izado del telón. ¡El gran momento había llegado, las luces se hacían meas tenues! Al respecto, debo añadir algo:

Confieso que he tenido la suerte de contemplar la belleza sobrenatural de una puesta de sol sobre el mar Bósforo. Es algo que desafía a la pluma del escritor y al pincel del artista. También me he maravillado con la primera visión de la bahía de Nápoles bajo un sol abrasador de estío, y me he sumido en largas y solitarias meditaciones sobre una columna quebrada de la arena del Coliseo. También he deambulado de noche, bajo la luz de la luna llena, entre aquellas fantasmagóricas ruinas, como un alma perdida. He ascendido un pico nevado en el Cáucaso, las nubes flotaban bajo mis pies en lugar de sobre mi cabeza. He vivido muchos otros momentos inolvidables en los que parecía que me encontraba al margen mismo del tiempo y del espacio, justo al borde de la intuición de nuevos y extraños universos. Sin embargo, y a pesar de todo eso, nada puede compararse, para mí, con esos breves segundos justo antes del ascenso del telón en un teatro. Y cuando esto ocurre, el hechizo puede potenciarse por la divina gracia del talento, o bien hundirse hasta el fondo del abismo con el lastre de una actuación desafortunada. Ocurra lo que ocurra sin embargo, nada es capaz de arrebatarme la vivencia de esa expectación, breve y extrema, que acontece en los instantes previos al inicio de la función.

Aquella noche, en el Pavilion, al izarse el telón, en el escenario, reclinada sobre una pila de almohadas, estaba Sarah Bernhardt. El lugar se estremeció con una ovación para la artista. La Bernhardt inclinó su rubia testa, aceptando el tributo de su público con la gracia y dignidad de la realeza. El aplauso estaba salpicado de vítores para “Sarah, ¡la divina Sarah!”.

El estrépito continuó largo rato. La gente estaba, obviamente, disfrutando de dar rienda suelta a sus emociones. Poco después dio comienzo la obra.

Observé a Bernhardt con mucha atención. No quería perderme nada. Experimentaba dos emociones fundamentales, una era la ávida curiosidad, y la otra, la persistencia de la leyenda de la Bernhardt sobre mi conciencia. El constante darme cuenta de que estaba ante una estrella llegada de tiempos pasados. Esta idea nunca dejó de acompañarme en toda la función, a pesar de mis expectativas sobre lo maravillosa que pudiera ser.

Parecía delgada y pequeña. “Es muy mayor” pensé, “mucho más de lo que me imaginaba”. La masa de cabello rizado parecía arreglarse en una disculpa, avergonzada e incongruente en una mujer de su edad, el rostro era una máscara de porcelana. A duras penas sonreía, y cuando lo hacía, tenías la impresión de que su sonrisa era una especie de doloroso quejido sobre un pálido rostro con dos parches rosas. Escuché su voz,  aquella famosa “voz de oro” que a tantos antes había enamorado. No quedaba ni rastro de aquel hechizo, solo el de la pasada gloria, que también es fuerte, y difícil de resistir. Pero la voz era la de una anciana,  un tanto rasposa. Al principio me asustó un poco, pero terminé por acostumbrarme, hasta que terminé por encontrarla fascinante, incluso atractiva. Las erres de un parisino son un sonido gutural extraordinario. Y las suyas lo eran más todavía. Comenzaban en las profundidades de su garganta, y daban varias vueltas en la lengua antes de salir hacia afuera, para golpear tu oído como el redoble de un tambor muy viejo, que todavía sonaba.

Recuerdo, especialmente, la línea de diálogo que le dirigió al actor que hacía de médico, ofreciéndole unos cigarrillos con un gesto a la vez grácil y brusco: ¿Cigarrettes, Docteurre? Después de aquello estuve un tiempo repitiéndome esa misma frase, como lo hago ahora cuando la recuerdo. Esa frase la trae de vuelta rápida y vívidamente a mi memoria. Pienso, estoy seguro, que si la muerte tomase la forma de una mujer para ofrecerme un cigarillo, así es como sonaría, como pólvora seca que resbala sobre papel de pergamino. Me fijé también en la extraña manera que tenía de sostener su cigarillo, entre el índice y el corazón, con la boquilla apoyada sobre el pulgar, formando un puño con la mano derecha.

No se movía mucho, por supuesto, aunque todos sus gestos estaban alerta. Las líneas de diálogo también eran precisas e inspiradas. Estaba “dando una actuación”. Uno podía apreciar su brillante técnica, pero se echaba en falta algo, la sustancia. Había luz, pero era muy tenue, y no calentaba. También había una llama, nítida y limpia, pero que no quemaba. “Ojalá la hubiese visto de joven”, me repetía a mí mismo, una y otra vez, “se ve claramente que ha sido maravillosa”. Sentí una genuina admiración por ella, pero comprendí también que su presente no era pleno ni satisfactorio. Observabas y escuchabas respetuosamente, pero permanecías frío, desconectado, excepto por el constante recordatorio de que “esta es la Bernhardt, la gran Bernhardt. ¡Ah, en su momento tuvo que haber sido insuperable!”.

Yo seguía la actuación con una concentración absorta, esperando ese pequeño detalle, ese “algo único” de los grandes. En ocasiones, los genios de la escena pueden parecer estar haciendo algo simplemente satisfactorio. Algo que incluir nada más que en la correcta categoría de “actuaciones de talento”. Entonces, de repente, en una escena, o en un gesto, o en una entonación, ocurre algo que es una revelación, un chispazo de genio. Es en ese instante de inspiración cuando el escenario se ilumina con una gran presencia, como un oscuro paisaje que vuelve a la vida con el repentino y cegador latigazo de un relámpago. Bernhardt hizo esto al final de la obra, en la escena de su muerte. Rodeada de almohadas, sobre la cama, Bernhardt “moría”. Y en sus últimos segundos, cuando el curso de la vida todavía fluía a través de su corazón… La actriz se incorporó. Fue en ese momento cuando algo extraño y poderoso se apoderó de su voz y de su rostro, a pesar de la máscara de esmalte que lo cubría. Unas pocas palabras más, como en un susurro y todo habría terminado.

Estoy seguro de que cualquier otra actriz, en esa escena, se hubiese arrojado de espaldas sobre las almohadas, dejando caer los brazos a ambos lados, permitiendo al público observar su pálido rostro enmarcado en bucles dorados, quizá con una última y radiante sonrisa, de serenidad, de tristeza o de lo que fuera. Pero ella no. No la Bernhardt. Inesperadamente, con un movimiento que nos hizo a todos estremecer en las butacas, cayó hacia delante, como una figura de plomo, pesada y de una pieza, con los brazos colgando hacia los lados de forma patética y extraña, las palmas de las manos mirando al techo. Y ya no se movió más. Era la muerte. La rigidez, definitiva, no premeditada. Solo en apariencia, por supuesto, pero aquello era sublime. Era el toque maestro que proclamaba: “¡Sarah Bernhardt está sobre las tablas!”. El teatro se vino abajo con la furia desatada de los aplausos. La gente saltaba sobre las butacas. El telon subió y bajó muchas veces. Sus saludos al público estaban perfectamente orquestados. La diva permanecía en el centro del escenario, con los brazos extendidos horizontalmente, ayudada por dos actores. La cabeza inclinada por completo sobre su pecho, la imagen perfecta de un Cristo clavado en la cruz. No modificó la postura en todo el tiempo que duraron las sucesivas subidas y bajadas de telón, excepto de vez en cuando, para levantar la cabeza, y a continuación dejarla caer de nuevo sobre su pecho. Nunca he oído tanto alboroto en un teatro. Me sumé al estrépito general hasta que las palmas de las manos me dolieron de tanto aplaudir. Aullé de satisfacción con todas mis fuerzas.

Al rato, la gente comenzó a abandonar el teatro. Yo me dirigí hacia la salida de artistas, en un estrecho callejón de un lateral del edificio. Ya se había congregado una pequeña multitud. Los comentarios entusiastas salpicaban la feliz algarabía de espectadores. Había una enorme limusina negra aparcada frente a la puerta. Esperamos hasta que la abrieron. Era Sara Bernhardt. Se apoyaba en los brazos de dos hombres, y sujetaba un ramo de rosas rojas entre las manos. La multitud perdió los estribos. Un gran grito, todos a una, se elevó hasta lo alto del cielo londinense, adormecido y apocado. La actriz, por toda respuesta, saludó grácilmente con una inclinación de cabeza. La ayudaron a entrar en el coche y arrancaron. La gente salió corriendo detrás, dando gritos y agitando los brazos a modo de despedida. El vehículo tomó velocidad y desapareció tras una esquina. Yo era uno de los que gritaban y corrían tras la limusina. Lo pasé verdaderamente bien. Fue una locura.

Al día siguiente, reflexionando sobre la actuación, elaboré un pequeño resumen de mis impresiones. Aquella fue una noche estupenda. Lo había pasado realmente bien. Bernhardt estuvo brillante, nada que objetar. Todavía podías deleitarte con su maestría técnica. Años atrás, tuvo que haber sido una actriz arrolladora, plena de inspiración. Con todo, y por mucho que lo sintiese, tenía que confesarme a mí mismo una cierta decepción. La leyenda del pasado había sido más fuerte e influyente que la actriz del presente. No vi a la gran Bernhardt, cuya presencia y “voz de oro” habían embrujado y transportado a tantos otros. Ni nada que se le parezca. A quien vi fue a una actriz anciana muy valiente, poseedora todavía de una gran técnica, pero desgastada hasta los cimientos, agotada. Una actriz que tuvo que haber sido enorme en su momento. Me sentí un poco triste y me arrodillé, metafórica pero reverentemente, y de todo corazón, ante el espléndido y orgulloso espíritu de esa mujer pequeña, de rostro esmaltado y dorados bucles, que todavía era capaz de encontrar la fuerza y el coraje necesarios para subirse a las tablas y actuar bajo los focos, que ella tan bien conocía.

Un mes más tarde, Eleonora Duse llegaba a Londres. Ofrecía tres funciones: La dama del mar y Los fantasmas de Ibsen y Così Sía, de un autor italiano desconocido. Vi las tres, pero hablaré solamente de una, Così Sía, por haber resultado la más interesante. Una vez más, me presenté en el Pavilion temprano, y de nuevo, el auditorio se llenó rápidamente. Algo digno de mencionar, estaba en el mismo teatro, el mismo naranja y dorado, la araña de cristal colgando de la cúpula, el público en su mayoría inglés, pero con una gran presencia de extranjeros… Había algo distinto, no obstante. La luz era cálida y suave, había un gran silencio, la gente parecía caminar de puntillas, hablar como en susurros… Nadie comía caramelos, los programas se pasaban de mano en mano, con cuidado, silenciosamente. El lugar estaba tranquilo, como tras una nevada pero, bajo aquella pátina de calma reptaba una especie de intensa corriente eléctrica. En cada una de aquellas noches (la de Benhardt y las de Duse), lejos del alcance de la mirada del público, tras la pesada cortina, oculta en un diminuto vestidor, una mujer frágil y diminuta se había sentado ante el espejo, preparándose para trabajar, reuniendo inspiración y cada gramo útil de su preciosa fuerza para hacerlo. Ese pequeño hatillo de frágil y enorme humanidad iba a ofrecer su impacto, su influencia, a cientos de personas más jóvenes, más sanas y más fuertes. Gentes que se habían desprendido gozosamente de su dinero para someterse, libremente, a tan dulce tiranía.

La cortina subió con un suave gemido. Parecía que también guardase respetuoso silencio. En el escenario había varios actores italianos. El brillo musical de tan bello idioma se derramaba sobre las luces del escenario como el agua fresca de una cascada. Allí casi nadie hablábamos italiano, pero no importó lo más mínimo para lo que iba a ocurrir después. Escuchábamos a los actores como quien escucha un importante preámbulo. Esperábamos la entrada de Duse. Finalmente, su pequeña y delicada figura hizo acto de presencia. Al fondo del escenario, vestida con un traje de campesina y un pañuelo de colores sobre la cabeza. Decir que hizo una entrada sería incorrecto. Se materializó, más bien, sobre el escenario. Y a continuación caminó lentamente hacia su público, como flotando. Yo no supe de quién se trataba hasta que una ola de aplausos barrió las filas de butacas. La figura se detuvo en el centro del escenario, completamente inmóvil, hasta que cesó, finalmente, la ovación.

Así que aquella era “la Duse”… presté más atención. ¡Madre mía! ¡Un señora anciana! Tan frágil y tan leve que parecía que pudieras sacarla del escenario con un soplido, como quien apaga una cerilla. Un rostro pálido, casi transparente, bellísimo… ¡Oh sí! Era verdaderamente bella, con sus grandes ojos oscuros, y aquellas arrugas… ¡Tantas arrugas! Arrugas precisas, arrugas profundas y bien dibujadas por años de vida y de sufrimiento. Y las mostraba abiertamente, sin complejos. No llevaba ni un poquito de maquillaje, ni siquiera se había perfilado los pálidos labios. Bajo el pañuelo de colores vi su cabello. Era blanco, blanco como el algodón. Sentí una punzada en el corazón, como si una garra metálica me lo estrujara. Me dejé caer en el asiento y las lágrimas me corrieron por el rostro. ¡El valor de aquella mujer! ¡La profunda tristeza de todo aquello! Casi deseaba no haber entrado.

El programa decía que, en el primer acto, Duse era una joven campesina de veintitrés años, madre de un niño y esposa de un marido alcohólico. El segundo y tercer actos se desarrollaban treinta años más tarde. ¿Cómo podía presenciar el espectáculo de aquella diminuta anciana haciendo de joven madre, sin morirme de la pena y de la vergüenza?

En unos minutos descubrí lo cobarde que había sido, lo equivocado que había estado. Ocurrió el milagro. Uno de esos que no se olvidan y que terminan por servirte de compañía como un manantial de inspiración inagotable. Por la magia del genio y de su talento, la misma Duse, arrugas, cabellos blancos y todo lo demás, se metamorfoseó en una muchacha bella, fuerte, joven y vibrante. ¿Que cómo ocurrió? No tengo ni idea. Fui por completo inconsciente de lo que allí pasaba hasta que, repentinamente, ocurrió aquello.

La historia de la obra, un melodrama de segunda desde el punto de vista literario, es bastante sencilla. La joven madre tiene por marido a un hombre cruel y alcohólico. Un día, su hijo, tomando todavía el pecho, se pone muy enfermo. Desesperada, la madre reza. No tiene ninguna posesión, nada que ofrecer, tampoco dinero con el que comprar unas velas, así que, en compensación por la restauración de la salud de su hijo, la mujer le ofrece a Dios el único tesoro del que dispone, el tesoro de un recuerdo, único cobijo de su corazón y de sus pensamientos, en la cotidiana miseria que es su vida. El recuerdo es el siguiente, en una ocasión, antes de casarse, su mirada se había cruzado con la de un apuesto joven. Un joven que pasaba bajo su ventana. El joven se detiene a mirarla. Sus ojos se encuentran, sus labios se sonrien. Ella se enamora de inmediato, pero el joven prosigue su camino. Desde aquel día, ese recuerdo se ha convertido en su más preciada posesión. Ahora se lo estaba ofreciendo a Dios.

La escena de la oración fue inolvidable. Mientras escribo esto sé que la historia parece floja y poco verosímil, pero aquella noche, por obra y gracia de la interpretación de Duse, aquel libreto se reveló como una obra maestra de originalidad y guión dramático.  Fue su interpretación la que hizo la obra creíble y conmovedora. Todo el mundo ha oido hablar de las famosas manos de Duse. Las manos de Duse eran preciosas. A veces parecían flores, y otras eran como cuchillos. Expresaban una gentil fuerza. Podían ser amables, y podían ser firmes. Ella las usaba con gracia y delicadeza. En todo momento estaban alerta, y ofrecían un infinito repertorio de estados de ánimo y emociones. Su principal herramienta eran las manos pero, ¿qué decir de su voz?  Para mí, la más bella. Plena, musical, llena de sentimiento. Servía a cada uno de sus impulsos y de sus movimientos, libre, fluidamente, nunca daba la impresión de estar modulada a conciencia. Su italiano era tan encantador que me propuse encontrar tiempo para aprender el idioma (al día siguiente me hice con un manual de autoaprendizaje). Interpretó la escena del rezo con tal conmovedora simpleza y encanto… Su voz y su rostro dibujaban tanta calidez y gravedad, que, en un instante, me vi a mi mismo rezando con ella. Dios no podía ignorar aquel rezo. Su hijo se recuperaría.

En el segundo y tercer actos Duse interpretaba a la misma mujer, pero más mayor. Para entonces yo ya estaba sumido en la ilusión de que Duse, en realidad, era la jovencita del primer acto, que iba ahora a interpretar a ese personaje de mujer más mayor que ella. Pero era una mujer diferente. Parecía, verdaderamente, que hubiesen pasado treinta años en el intermedio, aunque no se apreciase en ella cambio físico alguno, salvo que su vestido ahora era negro, y que ya no llevaba el pañuelo, lo que permitía al público observar el halo de sus cabellos blancos, pero se percibía algo distinto, una sensación de madurez interior, de experiencia. Sus gestos y movimientos habían cambiado ligeramente. Pensé que estaba aún más bella. La belleza de la juventud es, sin duda, abrumadora, pero cuando la edad anciana es bella, lo que es mucho más raro, literalmente ciega. Eso es lo que ella tenía: plenitud radiante, serenidad. Mientras que en el primer acto se sentía la juventud de la sangre en la joven campesina, bebíamos ahora en el segundo de su espíritu. Tenía esta mujer una fortaleza espiritual arrolladora.

Después, de vuelta en el argumento, nos enteramos de que el marido la ha abandonado, y que por alguna razón, el hijo culpa a la madre de tal deserción. Parece que le ha llegado el rumor malintencionado de que su madre ha sido una mala esposa, de modo que el hijo también la abandona. Un día, la madre, ya anciana, decide buscar al hijo para explicarle su verdad antes de que le llegue la hora de morir. De modo que parte a pie, con un par de pertenencias hechas un hatillo a la espalda. Y tras mucho caminar,  llega finalmente donde está el hijo, que se encuentra en compañía de unas alegres amistades. La anciana entra en aquel lugar y se presenta. El hijo no quiere hablar con ella, le da la espalda, y consumido por la rabia, sale atropellado y la deja sola. Es en ese momento cuando, en escena, Duse se queda sola. Yo me preguntaba “¿pero qué va a hacer ahora? ¿cómo va a ser capaz de superar el nivel de emoción trágica de la anterior escena?” imaginé a otra actriz aquí embriagada en amargas lágrimas. Pero ella permaneció inmóvil, largo rato. Buscaba con la mirada a su hijo, el que la había abandonado. Oía la risa de los amigos, fuera de escena. Entonces, lentamente, Duse elevó su mirada al cielo, levantó los brazos y… Sonrió.

Hay un dolor que encuentra en las lágrimas su vía de escape, y otro que nos sobrecoge el corazón;  también hay otro tipo de dolor, quizá aún más fuerte, que consigue petrificar el rostro. Pero existe también un dolor, tan profundo, tan vasto, que trasciende las lágrimas y los gestos, y que encuentra su única expresión en la sonrisa. Esa fue la sonrisa de Duse. Abrumadora y trágica y bella.

Lentamente, descendió el telón ante la breve y solitaria figura de los brazos extendidos. Mujer que sonreía al cielo. Se iluminó el teatro. Ni siquiera un par de manos aplaudieron, estaba todo el mundo llorando, yo entre ellos. Estoy seguro de que lo que presencié aquel día fue la Tragedia. La Tragedia que purifica y eleva el alma humana. Me sentía renovado, dichoso, purificado.

Las luces se apagaron de nuevo y el telón se levantó para la última escena. Una pequeña iglesia de pueblo en Italia, un altar, una figura de la virgen, unas velas encendidas. Duse entra en escena con un velo negro sobre los hombros y la cabeza. Se dirige hacia el altar y se inclina sobre la base para rezar. Reza por su hijo. No podemos distinguir el rostro de la figura arrodillada, solo las pálidas manos entrelazadas en humilde súplica. Manos de exquisita belleza espiritual, manos que parecían salidas de un lienzo de Lippi, o de Leonardo da Vinci… La luz de las velas, la pequeña figura de negro, las manos como flores blancas en el gesto del rezo, y la voz de Duse recitando tierna y dulcemente las palabras, haciéndose más y más tenue y, a continuación… nada. Nada más que un susurro que tenías que esforzarte para seguir oyendo. Y después, casi nada más. Aletearon sus manos un poquito y cayeron como pétalos a ambos lados y, tras ellas, llegó su cuerpo. La pequeña figura negra pareció fundirse como una sombra sobre las tablas del escenario.

Nunca he asistido, en un teatro, a tan absoluto silencio. Bajó el telón. Nadie osó moverse. No se dijo una palabra. Entonces, como una sola persona, el público de la sala se levantó, y el aplauso que siguió a esto hizo temblar las paredes del auditorio. Hubo quince bajadas de telón. Duse saludó al público con una gracia y una  humildad libres de toda afectación. Si conoce usted el Pavilion, ese templo de la lengua inglesa, sabrá entonces que el público tiene la costumbre de abandonar el lugar minutos antes de que el último telón descienda. En esta ocasión ni uno solo de los espectadores se movió de su asiento. Solamente al hacer su aparición el telón de asbesto, ese pesado guardián de la frontera entre la realidad y la escena, que con su sola presencia parece decir, irrevocablemente, “eso es todo, señoras y señores”, solo entonces comenzó el público a abandonar el teatro.

¡Y qué salida tan diferente a la del día de Sara Bernhardt! Nadie decía una palabra. La gente sonreía y sujetaba, todavía, los pañuelos con los que habían enjuagado sus lágrimas. Iban sin prisa, mientras atravesaban las numerosas puertas del teatro que conducían hasta la calle. Yo, por supuesto, me dirigí hacia la salida de artistas. Pensé, antes de torcer hacia el callejón, que no habría allí nadie, pues nada se oía, pero resultó que ya se había congregado una silenciosa multitud ante la puerta. De nuevo, la enorme limusina negra. Pero la gente estaba quieta. La mayoría de los hombres se habían quitado el sombrero. Un espíritu solemne nos mantenía unidos. Se abrió, finalmente, la puerta. Duse apareció, con un velo negro cubriendo sus blancos cabellos. A nadie se le ocurrió aplaudir. Nadie dijo una palabra. En reverente silencio, la multitud se partió en dos para dejar paso al automóvil. Duse avanzó por el pasillo que habíamos formado. Parecía ahora aún más frágil y pequeña. ¿Cómo podía caber espíritu tan grande en aquel cuerpo tan pequeño? Entró a la limusina y arrancaron, con un suave rugido del motor, como si también este fuera consciente de lo precioso y leve de su contenido. Pero nadie corrió detrás, permanecimos de pie tan solo, observando la fatiga de su pálido rostro, que resplandecía no obstante con una amable sonrisa. El grupo pareció suspirar al unísono, una última vez, antes de volver a dispersarse, cada cual para su casa.

Permanecí muchos días sumido en el hechizo de aquella noche. Y cada vez que pienso en Duse, el hechizo regresa para atraparme con un cálido abrazo. Es tan fuerte y tan conmovedor como siempre. Ahora pienso en ella, y la siento en mi corazón, desde aquella noche que me tomó de la nuca, para inclinarme, con reverencia, ante la eternamente viva, joven e inspirada figura de la Artista.

(Esta historia  fue publicada en la revista “Theatre and Arts”, en su número de septiembre de 1957)

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