Jess Benjamin: Sobre la escala, y la fuente del problema.

La artista norteamericana Jess Benjamin construye objetos cerámicos de gran formato, animados por una sólida base ideológica al servicio de un propósito esencial: avivar la conciencia del espectador hacia el problema del agua, y la necesidad acuciante de un uso eficiente de los recursos.

Al atravesar la puerta de su estudio en Omaha, en el 6523 de Maple Street, el espectador es recibido por un conjunto escultórico de dos torres de más de dos metros de altura que parecen servir de puerta de entrada al espacio ocupado por un cúmulo de tetraedros de acero y hormigón, semiderruidos y desparramados ante ellas. El efecto resultante es de un profundo dramatismo. Un paisaje postapocalíptico y de desolación dotado al mismo tiempo de una cruda y decadente belleza.

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Las torres son reproducciones hiperrealistas de las estructuras que se encuentran en la presa Hoover, en el río Colorado, frontera natural entre Nevada y Arizona, a unos 48 kilómetros de Las Vegas. Esta presa, obra monumental y uno de los ejemplos más interesantes de art-decó industrial americano, fue construida en 1931, en plena época de la Gran Depresión, y permanece como símbolo del esfuerzo titánico del espíritu humano en su afán de control de la naturaleza, siendo su función la de detener las periódicas inundaciones naturales del río, y la de proporcionar una reserva hídrica que permitiese la agricultura de la zona. Además de esto, la central hidroeléctrica de la presa proporciona el suministro de electricidad a unos 29 millones de personas en los estados de Arizona, Nevada y California.

Hay que recordar que fue en esa época, a principios de la década de 1930, cuando en los estados del sur de las grandes praderas americanas se produjo el fenómeno que el periodista Robert Geiger calificaría como de Dust Bowl, una combinación de extrema sequía y fuertes vientos que, junto a la acción erosiva de los tractores y el arado mecánico en los suelos vírgenes de la zona, produjo un desastre humano y medio ambiental de proporciones bíblicas, caracterizado por terribles tormentas de polvo y arena que, durante casi diez años, extendieron las plagas, la enfermedad y la pobreza por las tierras de Kansas, Oklahoma, Colorado, Texas y Nuevo México, haciendo emigrar a muchos de sus habitantes hacia California. Es el escenario descrito por John Steinbeck en el clásico  “Las uvas de la ira”.

Es también, en el peor de los supuestos, el poco halagüeño horizonte que intuye el trabajo escultórico de Benjamin.

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Las torres de la presa Hoover controlan el flujo de agua hacia el lago Mead, la reserva artificial de agua más grande de Norteamérica. Solo en épocas de gran escasez es cuando se puede contemplar la base de las torres que, en circunstancias ideales, deberían estar cubiertas por el agua hasta la corona. Esta es la situación actual que, desde 1999, se ha venido creando en la presa. A día de hoy, con el lago Mead a un 40% de su capacidad, las autoridades se han visto obligadas a introducir sistemas de eficiencia agrícola, ahorro energético e innovaciones técnicas en las turbinas de la central hidroeléctrica que permitan que esta siga funcionando. Existe, sin embargo, un límite de capacidad mínima para ello y, tras él, las limitaciones en el suministro de energía eléctrica a buena parte de la población del suroeste americano.

La escultura de Benjamin es un espejo de esta situación, una objetivación tridimensional dotada de tintes poéticos pero alejada de todo sentimentalismo. Muestra, tal y como está ocurriendo, lo que en circunstancias ideales debería quedar oculto, y detalla físicamente el efecto del tiempo y la erosión en el trabajo del ser humano, exhibiendo los efectos de la batalla por el dominio de la naturaleza en fragmentos descarnados de hormigón, a través de los cuales se observan las estructuras interiores de acero de las construcciones.

Algo parecido revelan los jackstones o tetraedros, objetos de hormigón y acero que la artista ha reproducido con detalle en barro (en la dimensión surrealista de este trabajo, resulta desconcertante extraer con la mano los “hierros oxidados” del tetraedro, y, en su liviandad, comprobar que realmente son objetos cerámicos). Los jackstones son objeto de profunda fascinación para la artista. Por un lado, el objeto posee cualidades objetivas que encarnan esta batalla de la que estamos hablando: el jackstone se utiliza en canales y playas, desde Holanda hasta el Japón, para atenuar la fuerza del agua y limitar el impacto y la acción erosiva de las corrientes pero, al mismo tiempo, el objeto se localiza en un entramado de referencias históricas y funcionales que le proporcionan una pluralidad de significados adicionales: existen coloridas versiones reducidas de los jackstones en forma del juego infantil “Jack and ball”, en el que las piezas poseen un significado a la par individual y colectivo, característica que  también es esencial en la función de los jackstones que se utilizan como barrera frente al agua. Por otro lado, para añadir un nuevo argumento histórico a la identificación de este objeto como parte constituyente de la metáfora de la batalla, un espectador de edad avanzada podría reconocer en ellos los artilugios utilizados por los alemanes para impedir el desembarco de las tropas aliadas en Omaha beach, en las costas de Normandía.

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La metáfora de la batalla, la correlación en las dimensiones titánicas proporcionadas por la escala y los materiales de los objetos representados  (hormigón, acero) y objetivos (tierra, agua), el objeto mismo, producto del espíritu humano, y más precisamente del norteamericano, enfocado en la construcción del imposible, la resiliencia y el avance del progreso, siempre el avance, con la confianza ciega en un mañana de bonanza a pesar de las adversidades, a pesar de la contradicciones éticas que se filtran, inasibles, como por las grietas en el hormigón de estas torres (la siniestra presuntuosidad en el memorial de los 112 trabajadores fallecidos en la construcción de la presa Hoover que reza: “Murieron para hacer florecer el desierto”), sitúan a Benjamin por afinidad propia, y por su admiración por las características fundacionales de este espíritu en el gran cuerpo de constructores americanos, de hacedores de presente. Sin embargo, existe una diferencia fundamental: lo que la obra de esta artista exige es una reflexión ética sobre la orientación y el objeto de los trabajos. Una que incluya al interlocutor olvidado y erróneamente interpretado como antagonista: la propia naturaleza.

Este es el aspecto científico del trabajo de Benjamin, expresado sin ambigüedades en sus reproducciones tridimensionales de los mapas de niveles hídricos del acuífero de Ogallala, la reserva de agua fósil más grande del planeta, localizada en el subsuelo de las grandes llanuras, desde Dakota del sur hasta Texas, y formada hace diez millones de años por filtraciones de torrentes subterráneos procedentes de las montañas Rocosas. La artista ha creado una serie de mapas tridimensionales clásicos, construidos a base de capas, en los que se identifica con el código de colores empleado por los cartógrafos las zonas del acuífero con mayores y menores niveles de agua (desde el azul que identifica la abundancia en la zona de Nebraska al rojo de su práctica desaparición en Texas). Resulta llamativo un mapa del acuífero de grandes dimensiones ordenado en base a estos mismos colores y construido con grandes bolas de arcilla pintada que simbolizan moléculas de agua.

El acuífero de Ogallala ha abastecido de forma relativamente sencilla (se bombea, directamente, el agua del subsuelo) las necesidades de agua de los agricultores de las grandes llanuras durante cuarenta años. Sin embargo, este recurso, a pesar de tener una capacidad considerable, no es infinito. De hecho, en determinadas regiones de los estados de Kansas y de Texas ya se ha agotado. Las consideraciones científicas actuales determinan que, al ritmo de bombeo de agua del acuífero, sus reservas accesibles se verán agotadas en unas pocas décadas, puesto que el ritmo de la extracción supera al de su recarga, que procede del agua de lluvia, muy escasa, y del deshielo de las Rocosas. Buena parte de la economía de tan extensa zona de los Estados Unidos (el acuífero de Ogallala comprende ocho estados) depende de esta reserva de agua fósil para la producción agrícola de trigo, algodón, maíz, sorgo, soja… y la cría de ganado. Actualmente, los esfuerzos parecen concentrarse en la incorporación de cultivos necesitados de una menor irrigación y en las investigaciones para el bombeo del agua que se encuentra más allá de la zona accesible del acuífero.

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El origen del enfoque de Benjamin en el problema del agua en las Grandes Llanuras surge de una conversación mantenida con su padre, granjero, en el año 2007, cuando este le manifestó su preocupación por tener que bajar el ganado de las montañas en el mes de junio, tarea que se suele realizar en septiembre, debido a la sequía. Esta sequía, que no fue documentada por los medios al mismo nivel dispensado a otras zonas más populares y ricas del país como California, es lo que motivó a Benjamin a iniciar su investigación artística en torno a este problema. En este sentido, la artista se considera una mediadora del diálogo entre la población rural, de la que procede su familia, y la ciudadanía urbana que, en definitiva, es la que visita los museos y constituye el grueso de consumidores dotados del poder para elegir hábitos de eficiencia energética y consumo. Es esta población urbana, según la artista, la que también presenta un nivel de desconexión superior con la realidad de los problemas medioambientales.

Relacionado con este diálogo entre el agua y su uso social, pero a un nivel más aparentemente lúdico de la forma, la artista crea sus reproducciones (igualmente hiperrealistas, del mismo modo a gran escala) de cubos, grifos y bombas de agua: objetos testimoniales de la historia de nuestra relación doméstica con el elemento. Una serie de grifos de gran tamaño, pintados con los mismos colores simbólicos utilizados en la cartografía hídrica e instalados en la pared, muestra una progresiva degeneración de la forma acorde con el avance de la desertización. Suscita la risa en mí la visión de un gran cubo al que supuestamente una bomba de agua de tamaño colosal ha llenado con moléculas de agua. Moléculas de agua por decenas (H2O: tres bolitas de barro unidas) se almacenan en los cubos y anaqueles de la artista. Hubo una época en la que cada día para Jess Benjamin era modelar más y más bolitas de arcilla con las que construir moléculas de agua. Como si todo este aviso para navegantes se hubiese originado en la reflexión manual, sensual, sobre la forma esencial misma del agua: la molécula. Quizá por ello la insistencia en las grandes dimensiones de sus objetos: en sus torres, sus coronas, en sus jackstones, en sus grifos y en sus bombas… Es el uso de las lentes de aumento para el reconocimiento de la fuente del problema.

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All photos by Colin Conces

 

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